Decimos en Erdosain que un libro es un discurso impreso en papel y contenido entre dos tapas. Como si mirásemos en la poma lúcida del mago, cada libro escrito en el mundo es en sí la historia completa del mundo, sin importar si el libro es ignorado por su pobreza o falta de lectores, o si es alabado por la crítica a través de los siglos, trascendiendo en el tiempo.

Si en un futuro lejano, un homo alienus visitara un planeta Tierra desierto, extinto de habitantes, en el cual, de todas nuestras creaciones, tan sólo perdurara un único libro semienterrado en las dunas del olvido, sería éste acaso el único testimonio de la humanidad desaparecida: una ínfima parte que contaría el todo que acaso fuimos alguna vez: pequeña y enigmática torre de Babel, en donde todos los pueblos y sus lenguas volverían a ser uno. Tal pensamos la responsabilidad —y culpa— del editor.

Cada libro puede ser un reflejo de todos los libros del mundo, el último y el primero —la partícula y el cosmos; la letra, la palabra, el lenguaje—. Así como el pulido acucioso de un cristal permite hacer más certero el reflejo de un espejo, ¿cuántas imágenes del mundo podrá la hechura de un libro contener?
Conscientes de todo esto, queremos además, en busca de ese reflejo esquivo de lo humano, hacernos cargo de la antigua contradicción entre estética y poética; queremos ser críticos y artistas; ser arte y parte; subsanar la dicotomía, sin disolverla; mejor nos parece abrirla, confundirla; no atrapar nunca al carbunclo, dejarlo brillar ante nosotros en la noche del tiempo.

No queremos que se disuelvan las partes tornándose en un gestáltico todo ni que el todo se fragmente en positivistas partes. ¡No! Preferimos, antes que ello ocurra, que todo se erotice.

Buscamos, en un trabajo comunitario con nuestros autores: escritores e ilustradores, que cada uno de nuestros libros encuentre su propia euritmia; que desde su objetualidad singular pueda contar una historia del mundo que encuentre a sus lectores. Deseamos que nuestros libros desequilibren, al menos en el corazón y mente del lector, la dualidad político-religiosa que rige nuestras «occidentadas» vidas; que devengan, como escribiera Kafka en una carta, «el hacha que rompa el mar de hielo que llevamos dentro»; queremos que develen las imaginarias fronteras para atravesarlas con concretos pies; que nos hablen de la trampa de la verdad para volver a ponderarla; que cada uno de ellos se torne engranaje visible del motor escondido de la máquina en la que constantemente se articula y desarticula «el hombre que se conoce».

Remo Erdosain quería galvanizar una rosa en cobre: transformar la caduca belleza, a través de un proceso alquímico, en un perenne metal. Esoterismo y ciencia en una misma búsqueda, en un mismo deseo. La belleza paradoja, contradicción. Erdosain Ediciones toma el nombre y espíritu del trágico personaje, reemplazando su frágil y hermosa quimera, la de la rosa de cobre, por la quimera —hermosa y no tan frágil— de los libros de papel.

Blanco Pantoja